La sinceridad nunca se ha contado entre las virtudes diplomáticas, así como la veracidad nunca lo ha sido entre las virtudes políticas; sin embargo, los ciudadanos le siguen exigiendo la verdad a sus dirigentes, no porque aquellos sean irremediablemente ingenuos o no sepan quiénes son éstos, sino porque de otro modo no sería posible la vida en común, exigir el
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